RECORDAR ES VIVIRLas sardinas asadas de mi MamaEn la prolongación del Gran Zoco cerca la mezquita Sidi Bou Abid habían diversos mercados cubiertos de todo tipo de productos, llenas de tiendas de babuchas, especias, las teteras, la alfarería y dulces, bazares con toda clase de telas, mercados de comida pero sólo existía un **solo zoco de pescados**. Se trataba de un espacio cubierto donde la gente se mezclaba y regateaba entre cajas de pescado típico del Mediterráneo. Los pescaderos tenían unas básculas antiguas donde los pesaban. Esa abundancia de peces, extendidos se exhibían sobre planchas de mármol blanco, almejas, mejillones, aunque saltando, cangrejos, langostas, camarones. El pez espadas se cortaba en rajadas. La sangre se desplegaba y corría en el suelo de cemento hacia los caños, creando un rio rojo opaco. Las moscas disfrutaban succionándolo.Mi Mama me llevaba a comprar esas maravillosas sardinas de cuerpo alargado y de forma oval, todas plateadas. Con la uña de su índice, ella levantaba el agalla para asegurarse de que fuesen rojas y no rosa así se aseguraba de su frescura.Ella las asaba con todas sus escamas, bajo brazas de carbón en un “Anafe” (esa vasija de barro cocida a alta temperatura). Con su abanico, aseguraba de que el fuego se sostuviese. El humo aunque insoportable, despedía ese olor tan lindo del pescado. Después de escurrir el limón, arrancaba, quemándome, con mi pulgar y mi dedo índice, pedazos y cachos de esa carne blanca, una tras otra.***“Mi bueno, despasito, que no te quemes, cuidado con las espinas”***