24 August 2025 à 01:23
“¡Anda que no hay bichos raros en Tánger!”(“La vida perra de Juanita Narboni”, Ángel Vázquez, 1976).Cuando llegó la Segunda Guerra Mundial a Tánger… Extracto de la novela “La ciudad de la mentira” de Iñaki Martínez, Edit. Áncora y Delfín (2016):“Desde las primeras luces de un día de septiembre de 1939, las ondas radiofónicas captadas en Tánger daban cuenta de la noticia que, unas horas después, correría como la pólvora por la Medina y Monte Viejo, por el bulevar Pasteur y el puerto: la guerra había empezado en Europa. Las tropas alemanas habían invadido Polonia. El día 27 de ese mismo mes, Varsovia se rindió. Los tangerinos cuchicheaban en voz baja sobre lo que se les venía encima. ¿Qué sería de la neutralidad de la ciudad? ¿Qué país sería el primero en romperla? Al escucharse los primeros cañonazos habría que subir a la alcazaba y adivinar la bandera que se izaba sobre los navíos atacantes para saberlo. Entretanto, solo cabía esperar, según decían los tangerinos pesimistas. Transcurrieron los primeros meses de la guerra y la ciudad continuaba igual. Los comerciantes coincidían en que habían ganado con la nueva situación. Los residentes aumentaban día a día. Los recién llegados venían con lo justo para pasar unos días, pero la estancia se prolongaba y surgían las necesidades. Los dueños de las pensiones del puerto alquilaban habitaciones por tiempo indefinido; los sastres de los siaghins confeccionaban trajes de verano; las gitanas andaluzas de Ben Ider contemplaban como crecía el número de personas interesadas en que se les adivinase el futuro. Los establecimientos de alimentación, regentados por familias españolas en su mayoría, incrementaban sus pedidos a sus proveedores. No faltaban las barricas de sardinas, los arenques de Huelva, las legumbres a granel de Salamanca y Ávila, los bacalaos desalados del norte de Europa, los cafés de Colombia, los anises de Cazalla de la Sierra o de Segovia, los polvorones y turrones alicantinos... y todo ello en mayor medida que en cualquier tienda de la península, pues Tánger no había vivido la guerra civil y su economía era próspera. Los dueños de los cafés y los restaurantes celebraban sus cajas diarias, y hasta los sacerdotes católicos observaban como sus templos se llenaban de nuevos fieles. Dios era muy necesario en tiempos de zozobra. El Claridge, el Café de París e incluso el Hafa contrataban nuevos camareros para atender la incesante demanda de quienes se sentaban en sus terrazas, siempre atentos para escuchar una última noticia. Los cambistas modificaban cada una o dos horas el precio de las divisas extranjeras, que exhibían en pequeñas pizarras situadas en las puertas de los establecimientos. La divisa alemana se disparaba y el franco francés se hundía. Los barcos que cubrían la ruta con Tánger, el Lusitania desde Lisboa, el Cervantes desde Cádiz, llegaban repletos de viajeros: familias enteras que arribaban sin otra fortuna que un par de maletas y las alhajas de valor, que escondían en pequeñas bolsas cosidas a mano y protegidas bajo el vestido de sus mujeres. Los aguadores inundaban el puerto y tañían sus esquilas. «¡El ma, el ma!» —¡agua, agua!—. Los comerciantes multiplicaban los precios y los tangerinos peregrinaban a las alturas de Beni Makada. Allí, cada día —a las cinco de la tarde—, veían elevarse el avión Dragón, de la Gibraltar Air Way, que unía Tánger y Gibraltar. Era la forma rápida de salir de aquella ciudad si las cosas se ponían feas. Desde el peñón británico sería sencillo llegar a Lisboa y, desde allí, a América. En las sinagogas empezaban a elaborarse planes para acoger a la numerosa comunidad hebrea que huía de Europa. La imprenta de los hermanos Kouro, cerca del Zoco Chico, negociaba pasaportes falsos a precio de oro. Aumentó la compraventa de oro, plata, diamantes o cualquier otro metal precioso. Se blanqueaban cargueros que habían tenido días mejores: se les cambiaba la documentación y los pintaban de otro color en una dársena clandestina cercana a Malabata. Cualquier asunto en el que mediase precio y exigiera carecer de escrúpulos tenía cabida en Tánger”.
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